Los Idus sangrientos de marzo: el auténtico asesinato de Julio César El dictador consiguió defenderse durante unos segundos y atacó a Bruto en el muslo con un punzón. Ya herido de muerte, se cubrió la cara con su túnica en un último intento por dignificar su apariencia. La cuenta de Twitter @antigua_roma se ha propuesto este año contar de una forma diferente la muerte de Julio César desde el epicentro de esta ciudad
Muerte de César, de Carl Theodor von Piloty. - Wikimedia
Casca apuñala en la nuca a Julio César,
mientras los otros le secundan en la acción incluido Bruto. César dice
en ese momento: «Et tu, Bruté?», lo cual se traduce en «¿Y tú, Bruto?»
(¿También tú, Bruto?). Así escenifica William Shakespeare –inspirado en la versión del historiador Suetonio– la muerte del dictador romano y la puñalada final de Marco Junio Bruto,
hijo de Servilia (amante de César), en una de sus obras trágicas más
famosas. Sin embargo, cualquiera parecido con la realidad es pura
coincidencia. Después de recibir 23 heridas, aunque paradójicamente solo
una de ellas resultó mortal, parece poco probable que todavía tuviera
fuerzas para lanzar una cita tan teatral. Al contrario, César consiguió
defenderse durante unos segundos e hirió a Bruto en el muslo con un
punzón. Herido de muerte, se cubrió la cara con su túnica en un último
intento por dignificar su apariencia.
La cuenta de Twitter @antigua_roma (dedicada a la divulgación de los hechos significativos de la Antigua Roma)
se ha propuesto este año contar de una forma diferente y original la
auténtica muerte de Julio César. Desde ayer y durante todo el día de
hoy, 15 de marzo, la cuenta va narrando los detalles de la conjura
contra el dictador y los lugares que pisó el Divino Julio en su último
día sobre la faz de la tierra. «Desde hace un tiempo hemos incluido en
nuestra cuenta retransmisiones en vídeos en lugares históricos. Los Idus de Marzo siempre es un día importante y queríamos hacer algo especial este año», explica Néstor F. Marqués,
principal responsable del proyecto divulgativo que ya lleva cinco años
presente en redes sociales. Para dar más vivacidad a la retransmisión,
este joven arqueólogo cubrirá las actividades conmemorativas que
organiza cada año Roma, resistente a olvidar dos milenios después a su
dictador.
«Se escenifica el asesinato en las proximidades de donde ocurrió (en el Área Sacra de Largo Argentina, junto a la Curia de Pompeyo) y luego se celebra una suerte de funeral. Hay muchos romanos que dejan flores en los días siguientes», apunta F. Marqués.
Camino a la dictadura
Nacido el 13 de julio del año 100 a. C, Cayo Julio César tuvo una carrera política mucho más convencional de lo que tradicionalmente se ha considerado. Tras la muerte del dictador Sila,
que recelaba de Julio César por sus lazos familiares con Cayo Mario, el
joven patricio ejerció por un tiempo la abogacía y fue pasando por
distintos cargos políticos. En 70 a.C., César sirvió como cuestor en la provincia de Hispania y luego como edil curul
en Roma. Dado a endeudarse para ganarse la simpatías del pueblo, la
generosidad de Julio César se hizo famosa en la ciudad y le permitió en
63 a.C. ser elegido praetor urbanus al obtener más votos que el resto de candidatos a la pretura. Busto de Julio César en el Museo Arqueológico Nacional de NápolesSu
carrera política, no en vano, dio un salto definitivo cuando fue
elegido cónsul gracias al apoyo de dos poderosos aliados políticos –Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso–, los hombres con los que César formó el llamado Primer Triunvirato.
Al terminar el consulado, fue designado procónsul de las provincias de
Galia Transalpina, Iliria y Galia Cisalpina, desde donde regresó
convertido en un gran héroe militar y en el dominador de los pueblos
galos.
La muerte de Craso en una desastrosa campaña contra el Imperio parto hizo añicos el Triunvirato y enfrentó a Pompeyo contra César. Tras una guerra civil que duró cuatro años, César volvió victorioso a Roma
a finales de julio del año 46 a. C. La victoria total de su facción
dotó a César de un poder enorme y el Senado se apresuró a legitimar su
posición nombrándolo dictador por tercera vez en el año 46 a. C. por un
plazo sin precedentes de diez años.
La benevolencia mostrada por
el dictador, que no solo perdonó la vida a la mayoría de los senadores
que se habían enfrentado contra él durante la guerra, sino que incluso
les otorgó puestos políticos, se reveló con el tiempo como un error
político de bulto. La mayoría de los 60 senadores implicados en su
asesinato habían sido amnistiados previamente por el dictador.
Ni
la gratitud ni la amistad disuadieron a los conspiradores de sus
intenciones, que afirmaron haber matado al tirano por salvaguardar la
República
Marco Junio Bruto, sobrino de Catón «El joven», había combatido junto a César en la Galia y después contra él durante la guerra civil. Por su parte, Cayo Casio Longino,
quizás el principal cabecilla de la conspiración, ejerció como legado
para él después de combatir primero en el bando de Pompeyo. Otro
conspirador, Cayo Trebonio, había servido durante
muchos años en el alto mando de Julio César durante las campañas de la
Galia. Pero ni la gratitud ni la amistad disuadieron a los conspiradores
de sus intenciones, que afirmarían haber matado al tirano por
salvaguardar la República y, sin embargo, solo consiguieron acelerar la
caída de una institución que llevaba un siglo tambaleándose. Su final se
vislumbraba desde que la derrota final de Aníbal había requerido buscar
enemigos internos.Pero más allá de los asuntos políticos, que
tenían como trasfondo la lucha entre distintas familias de la
aristocracia, el asesinato del dictador escondía un factor simbólico.
Julio César decía descender de los Reyes de Alba Longa
–una ciudad absorbida por Roma poco después de su fundación– y solía
vestir por esta razón con una túnica de mangas largas y botas de media
caña de cuero rojo. Por su parte, Bruto pertenecía a la estirpe de Lucio Junio Bruto, que en torno al año 509 a.C. acabó con el último rey de Roma, Tarquinio «El Soberbio», aunque ciertamente entre muchos de sus contemporáneos había dudas de que la afirmación fuera cierta.
La
imagen de un grupo de senadores poniendo fin al dictador que aspiraba,
supuestamente, a convertirse en rey, el tirano, impulsó a los
conspiradores más dubitativos a participar en el magnicidio.
El día del magnicidio: «¡Cuídate de los idus!»
Como explica Adrian Goldsworthy en su biografía de Julio César, el día previo al asesinato, la esposa del dictador, Calpurnia Pisonis,
tuvo una pesadilla donde advirtió el asesinato de su marido. Dado que
Calpurnia no era dada a supersticiones, se dice que el dictador aceptó
quedarse en casa y envió un mensaje al Senado para informarles de que la
mala salud le impedía abandonar su casa para llevar a cabo ningún
asunto público. Sin embargo, Décimo Bruto –otro de los
conspiradores– consiguió convencer finalmente a César de que acudiera a
la cámara, ya que en pocos días iba a ausentarse del país y debía dejar
los asuntos políticos convenientemente atados. También se ha
considerado, según la tradición, que el profesor de griego Artemidoro entregó un manuscrito a César a la puerta del Senado avisándole de la conspiración, pero éste no llegó a abrirlo a tiempo.
Hasta
principios del año 44 a.C. César había contado, además, con la
protección de una escolta de auxiliares hispanos, a los que había
licenciado como demostración de normalidad política en cuanto el Senado
aprobó prestarle un juramento de lealtad. El 15 de marzo (día de buenos
augurios según la tradición romana)
acudió al Senado sin más protección que la compañía de sus
colaboradores más cercanos. Una vez dentro del edificio público, los
conspiradores se encargaron de llevarse a Marco Antonio a un lugar
apartado. Los asesinos eran conscientes de que el lugarteniente de César
era un hombre corpulento y dado a arranques de ira. Muerte de César, de Jean-Léon Gérôme, 1867Antes
de que diera comienzo la reunión senatorial, los conspiradores se
apiñaron en torno al dictador fingiendo pedirle distintos favores. Lucio Tilio Címber,
que había servido a las órdenes del César, le reclamó que perdonara a
un hermano suyo que se encontraba en el exilio. Mientras el dictador
romano trataba de calmar al grupo, Címber tiró de la toga de César y
mostró su hombro desnudo: era la señal acordada. Casca sacó su daga y le
apuñaló, pero solo fue capaz de arañar el cuello del dictador. Según
algunas versiones, César agarró los brazos de Casca y forcejeó con él intentando desviar la daga.
El
general romano no solo se defendió por unos segundos de los ataques,
sino que fue capaz de sacar un afilado estilo (un punzón) y herir a
varios hombres, al menos a dos, incluido a Bruto en un muslo. Tras el ataque de Casio,
los otros conjurados se unieron a la lucha propinando a César numerosas
estocadas y tajos. Solo dos senadores de los presentes trataron de
ayudar al dictador, pero no consiguieron abrirse camino.
Sin que
sea posible de comprobar, puesto que las fuentes presentan distintas
versiones, Marco Bruto fue uno de los últimos en acuchillar a César, con
una herida en la ingle. A él se habría dirigido supuestamente el
dictador para decir sus últimas famosas palabras: «Tú también hijo mío».
Con 23 cortes y puñaladas en su cuerpo (aunque solo una realmente
mortal), Julio César se cubrió la cabeza con su túnica púrpura en un
último esfuerzo por mantener la dignidad y cayó desplomado junto al
pedestal de la estatua de Pompeyo, su otrora máximo rival.
El
momento cumbre del funeral llegó cuando Antonio leyó a viva voz el
testamento de César, que incluía la donación de unos amplios jardines
junto al Tíber al pueblo de Roma
El pánico se propagó a
continuación por la sala. Los senadores que no tenían manchada la ropa
de sangre huyeron del lugar enseguida. Durante un tiempo, toda Roma
quedó anonadada sin decidir si aquello era el comienzo de una nueva
guerra civil o el origen de los festejos por la muerte de un tirano. Marco Antonio se reunió con los conspiradores en privado y obtuvo permiso para que César tuviera un funeral público en el Foro. En línea con el famoso discurso que Shakespeare
puso en boca de Marco Antonio en su drama, el leal amigo de César
aprovechó el acto para ensalzar las virtudes del fallecido dictador, al
mismo tiempo que lanzaba velados reproches a los conspiradores: «Los
hombres más honrados». El momento cumbre del funeral llegó
cuando Antonio leyó a viva voz el testamento de César, que incluía la
donación de unos amplios jardines junto al Tíber al
pueblo de Roma y un regalo en metálico a todos los ciudadanos. Después
del anuncio se produjeron disturbios y ataques contra las viviendas de
los conspiradores. Ahora sí, el pueblo de Roma se había convencido de
que no se celebraba la muerte de un tirano. Paradójicamente, el leal
seguidor del dictador Helvio Cinna fue asesinado ese día por la turba que le confundió con uno de los conspiradores, Cornelio Cinna.
Desde
que se hizo público el testamento, el sobrino nieto de Julio César,
Octavio, de 18 años, asumió el papel de hijo adoptivo del dictador y
cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octavio.
Al principio, combatió junto al Senado y varios de los conspiradores
contra Antonio, que no tardó en atraer a su bando a las legiones que
todavía eran fieles a la memoria de Julio César. No en vano, Cayo Julio
César Octavio –el futuro Emperador Augusto– terminó uniéndose a Antonio y a Lépido, otro de los fieles de Julio César, para formar el Segundo Triunvirato y dar caza a los asesinos de los idus de marzo.
En
el plazo de tres años, prácticamente todos los conspiradores fueron
ajusticiados, sin que observaran para entonces ni la más leve sombra de
la famosa clemencia del tirano al que tanto se habían afanado en
eliminar.
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