Yo no creo que el papa Bergoglio sea un impostor. El papa es una persona que lleva una iglesia con 1000 millones de fieles de muchas razas, culturas y procedencia.Si su reforma parece cosmética puede ser porque la iglesia camina despacio y piensa en siglos mientras el resto lo hacemos en años y a la iglesia no le gustan los cambios bruscos. A mi los cambios que ha hecho este papa me parece que eran necesarios e impopulares dentro de la jerarquia eclesial y de heho hay muchos artículos de prensa que asi lo proclaman. El problema que yo veo aqui o con culaquier otro papa es que se dedique a las partes y no al conjunto y que lo haga por presiones de lobbies o intereses de grupos que esperan de él algo en concreto que atenta contra el interés de la iglesia global. Este papa se ha encontrado con un mediterraneo harto de ninguneo ( no de basura blanca con ganas de vivir bien quejándose, sino de europeos hartos de ser el primo tonto del que todos viven ) y el problema puede ser que ya no se puede seguir bebiendo de la misma teta que por otra parte de tanto apretar ya salia sangre. Pero esto le va a pasar a cualquier papa que se siente en la silla de Pedro. Otro gran reto al que se enfrenta la iglesia católica apostólica y romana son los centenarios mundiales que tenemos en 20 años por los que atravesaremos durante 30 años , es decir, los centenarios empiezan en 2036 dentro de 20 años, o quizá dentro de 10 en 2029 con el centenario del crack del 29 en 1929, y hasta 2045 centenario del final de la Segunda Guerra Mundial y despues los centenarios de los tratados que se firmaron despues y los juicios que hubo y el levantamiento del muro de Berlin en 1960 más o menos habra tensión política que algunos querrán aprovechar porque se pueden refugiar en un búnker o verlo desde su continente. Esperamos que los centenarios sucedan sin pena ni gloria, es decir , en paz, cada uno en su casa y Dios en la de todos.
¿Y si Francisco fuera un impostor? El papa Bergoglio cumple su primera "legislatura" como protagonista de una revolución mucho más cosmética que concreta
El papa Francisco, cuando fue elegido en 2013. ALESSANDRO BIANCHIREUTERS
El principal mérito de Jorge Mario Bergoglio en estos primeros cuatros años de legislatura
consiste en haberlo cambiado todo sin haber cambiado nada. Un ejercicio
de prestidigitación que requiere la devoción de una sociedad crédula y
sensiblera. No estamos en los tiempos de las verdades —no digamos ya las
teologales—, sino en la época de las percepciones y de las sensaciones.
Y a Francisco se le percibe y se le siente unánimemente como un
revolucionario sin haber modificado un milímetro la doctrina de la
Iglesia en los asuntos terrenales: ni comunión a los divorciados —los supuestos son excepcionales—, ni reconocimiento a los derechos de los homosexuales,
ni compromiso con el peso de la mujer en la Iglesia, ni tolerancia
normativa con el aborto, los anticonceptivos o la estirpe descarriada de
los adúlteros.
Podrá
objetarse que las leyes de la Iglesia están escritas en piedra. Y que
no tiene sentido someterlas al calentón de los debates contemporáneos.
El problema es que a Francisco se le ha atribuido la proeza de haber
emprendido una gran reforma, cuando ni siquiera ha rebasado el estadio
preliminar de las insinuaciones y de la cosmética.
La explicación reside en su carisma y en sus facultades de
telepredicador. Francisco ha logrado un estado de gracia que irrita a
los católicos "ortodoxos" y que arroba a los ateos. Un Papa cercano a
Cristo y alejado de Dios. Que ha decidido hacerse hombre. Que ha
sacrificado el primado. Y que ha renunciado al poder ritual y a la
sugestión metafísica para sentirse cerca del prójimo y sentarse en el
banco de la feligresía.
Semejante rectificación del privilegio pontificio ha
redundado en su reputación de Papa canchero y colega. Y ha deteriorado
también su excepcionalidad y su inmanencia. Trivializando el cargo de
Pontifex Maximus, Bergoglio incurre en el peligro de vaciar la dimensión
litúrgica y de debilitar su poder sagrado. Se le puede tutear a
Francisco. Y se le puede confundir con el padre Ángel en la definición
del sacerdote de barrio.
Se trata de un malentendido democrático en el contexto de un
dogmatismo uniforme. Porque la democracia es el régimen político ideal,
pero no tiene oxígeno en ámbitos de la sociedad —el colegio, el
Ejército, la Iglesia, el espacio doméstico— expuestos al principio
jerárquico, al respeto senatorial, a la gradación de obligaciones y
responsabilidades. La reina Isabel II está más cerca de su pueblo cuando
más lejos se encuentra. El boato, la forma y la grandeur
redundan en su prestigio. Hacen de ella una figura sobrenatural. Como
han dejado de serlo nuestros Borbones en sus concesiones a la
asimilación —los reyes a los pies de los súbditos— y como puede
sucederle Francisco si persevera en su conducta de cura porteño o se
recrea en la imagen del cordero rodeado de lobos.
Es atractiva la idea de un pontífice vulnerable. Un príncipe
de la Iglesia al que sabotean los susurros de la Santa Sede. Y al que
se pretende asesinar porque Francisco representa supuestamente el
antídoto providencial al inmovilismo. Fantasea la sociedad con su Papa
histórico. Se le atribuyen palabras que no ha dicho ni proezas que no ha
hecho. Y se le está haciendo cumplir incluso un programa que no
prometió.
¿Es un impostor el papa Francisco? La pregunta aloja matices
blasfemos por la corpulencia sagrada del sujeto. Y no requiere una
respuesta afirmativa, pero sí invita a cuestionar la canonización en
vida que está experimentando Francisco. La suya es una revolución de las
formas, una catarsis de las apariencias cuya repercusión ha engendrado
el neologismo del "papulismo", una suerte de populismo papal que
relaciona a Bergoglio con las homilías buenistas, que fomenta las
aspiraciones elementales —la paz y el amor— y que ha sensibilizado a la
izquierda agnóstica y atea como encarnación de la demagogia. Francisco
es el papa de Podemos. El papa de Maduro y de Kirchner. Una correlación
bolivariana de la Iglesia. Un libertador del capitalismo. Un ariete del
movimiento ecologista. Y un buen hombre al que hemos convertido en santo
porque la impostora aquí es la sociedad.
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